No pensó en ese instante en el dolor que le provocaba la
ausencia de los cuerpos que una vez pasaron sobre ella. Quiso detener los días
hasta el momento en que se encontraba y que se iniciasen sin memoria. Guardaba
toda una vida inscrita en las líneas del tiempo, como quien lleva durante toda,
toda su existencia, los poros ligados a la piel. Esperaba un segundo que el
reloj pasaba demasiado rápido. No actuaba. Pero incluso el ruido del polvo
esparcido por el viento, le azotaba. No derramó una sola lágrima. Mantuvo firme
su mirada hierática hacia donde no hallaba fondo; era el cuerpo más estético
que se le había puesto en frente.
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